TIEMPO DE ADVIENTO

DOMINGO IV

 

Homilía a cargo de nuestro párroco Don Ramón López Sevillano

 

 

PRIMERA LECTURA

 

Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5. 8b-12. 14a.16
El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor

 

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán:
- «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.»
Natán respondió al rey:
«Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.»
Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
«Ve y dile a mi siervo David: "Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?
Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.
Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre."»

 

Palabra de Dios.

 

 

Salmo responsorial
Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 (cf. 2a)

 

R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.
 

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,

anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,

más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

«Sellé una alianza con mi elegido,

jurando a David, mi siervo:

"Te fundaré un linaje perpetuo,

edificaré tu trono para todas las edades."» R.

Él me invocará: «Tú eres mi padre,

mi Dios, mi Roca salvadora.»

Le mantendré eternamente mi favor,

y mi alianza con él será estable. R.

 

 

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SEGUNDA LECTURA

El misterio, mantenido en secreto durante siglos, ahora se ha manifestado

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16,25-27

Hermanos:
Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

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Aleluya Lc 1, 38

Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

 

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EVANGELIO
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo

 + Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:
- «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo:
- «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel:
- «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó:
- «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó:
- «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.
 

Palabra del
Señor.

 


 

Ambientación:

El Adviento nos invita a estar preparados para la segunda venida del Señor. Ignoramos cuándo llegará. Mientras tanto, celebramos los misterios de la primera venida del Hijo de Dios.

El primero de esos grandes misterios es la Encarnación del Hijo de Dios y su Nacimiento en Belén, que el Adviento también nos invita a preparar con alegría.

Tres personajes nos llevan de la mano en este tiempo: El profeta Isaías, el precursor Juan Bautista y la Virgen María.

Hoy, de nuevo es María la que ilumina el domingo 4º. de Adviento: Por su fiel acogida a la Palabra de Dios, el Rey perpetuo prometido al linaje de David entra en el mundo para hacerlo en verdad humano y asociarlo a su divinidad y su gloria.
 

 


 

 

DOMINGO 4º. DE ADVIENTO. CICLO  B

 (Sam 7,1-6.8b-12.14ª.16   Rom 10,25-27   Lc 1,26-38)

HOMILÍA:

                        Israel se empeñó en tener un rey, como los países vecinos. El juez y profeta Samuel se resistió porque sólo el Señor debía ser el Jefe de su pueblo. Pero Dios consintió y dijo a Samuel: Nómbrales un rey; no te rechazan a ti, sino a mí.  Era condición necesaria que el rey se sujetara a la palabra de Dios, a través del profeta de turno. Samuel les nombró rey a Saúl, que fue rechazado porque no se atuvo a la palabra de Dios.  Luego nombró a David, que, a pesar de sus pecados, fue fiel a la palabra de Dios.

        David unió a todas las tribus, hizo un gran reino, puso la capital en Jerusalén, quiso hacer un templo para centralizar el culto. Dios no se lo consintió. Hubo polémica en Israel; muchos no querían porque parecía querer encerrar al Señor entre cuatro paredes. Al fin Salomón edificó el templo. Más tarde, los israelitas obraban como si tuvieran atrapado al Señor; porque lo tenían en el templo y estaba comprometido con la dinastía de David; así obraban a su capricho. Pero Dios no se deja atrapar.

Vino el destierro que acabó con el templo, y con la ciudad, y con la dinastía de David, porque nada puede ser estable si no se edifica sobre la palabra de Dios. Sin fidelidad a Dios, todo va a la ruina. La fe se tambalea: Ya no hay rey, ¿qué queda de la promesa a David? “Tu casa y tu reino, tu trono durarán por siempre en mi presencia”. “Por siempre”, esta frase sostuvo la fe de muchos: La palabra de Dios está por encima de la malicia humana. El Dios fiel no se deja vencer por la maldad.  

Dios conduce la historia de forma misteriosa y cumple sus promesas: La Virgen María es modelo de fidelidad al Señor. El cumplimiento de los planes divinos tiene su cauce en ella. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. “No temas, María, darás a luz un Hijo, le pondrás Jesús, será Hijo del Altísimo, Dios le dará el Trono de David, su antepasado, reinará sobre Israel para siempre y su reino no tendrá fin”. Aquí está de nuevo: “Para siempre”. Promesa repetida y reafirmada; pero en un sentido más alto: Ya no se trata de un reino terrenal como el de David; sino  del Reinado de Dios. María acoge la Palabra con absoluta fidelidad y la Palabra cuaja en ella tomando carne humana. Así entra en el mundo el Rey Eterno prometido a la dinastía de David.   San Bernardo se dirige a la Virgen en ese momento y, para animarla a decir que sí a Gabriel, hace una homilía preciosa y termina con la frase de María: “Aquí está la esclava del Señor; cúmplase en mí tu palabra”.  

        La lección de María no se acaba en su grandeza, su dignidad y su entrega; debe continuar en nosotros. También a nosotros se nos dirige la Palabra de Dios para que el Hijo de Dios cuaje en nosotros; para que nos cristifiquemos y seamos testimonio del amor de Dios ante los hermanos y el mundo entero. También a nosotros se nos pide consentimiento y colaboración activa en la obra salvadora. “Digamos “cúmplase en mí tu palabra”, sabiendo que decir la frase no obrará automáticamente, sino que necesitará esfuerzo, fortaleza y constancia.

        Nos alimentamos de la Eucaristía; Dios está con nosotros y en nosotros. No lo dejemos encerrado.